CARACAS, domingo 23 de noviembre, 2008 | Actualizado hace
Como yo no soy (ni, a Dios gracias, lo seré nunca) Presidente
de la República Bolivariana, ni tengo echada en el suelo
a una Tibisay como odalisca rendida a los pies de ese sultán,
debo someterme a la ley. Por lo tanto, no me pondré a
hacer propaganda por los candidatos de mi preferencia, ni
tampoco acusaré a quienes adverso de fascistas, golpistas,
mafiosos, plastas, narcotraficantes, paramilitares, terroristas,
magni (y ni siquiera mini) cidas, desgraciados
e hijuelagrandísima.
Es más, por mucho que lo piense, no les escupiré
lo que considero el más bajo, el más asqueroso insulto
posible: no los llamaré militaristas. Iré
más lejos: no hablaré de cortinas negras (que ya
fueron suprimidas) ni de tarjeticas o tarjetones de colores
(también sustituidas por máquinas que en otras partes
sirven para hacer más clara la transparencia y en nuestro
país para hacer más espesos los guisos). Y por último,
contrariando lo que ha sido norma de mi vida profesional,
me ocuparé no de la grande, sino de la petite histoire.
Nada personal
Y ni siquiera de una persona, sino de un objeto al cual la
experiencia de muchos años me ha enseñado a aborrecer,
por considerarlo entre otras cosas de mal agüero. Me
voy a referir al maletín (ya lo nombré, pero
toco madera: ¡zape gato, ñaragato!).
Comencemos por uno cuya sola presentación en público
provoca temblores, ahogos, estornudos, toses, vómitos,
diarreas y hasta desvanecimientos en gente de suyo y de fama
tan flemática como los ingleses. Ese maletín es
rojo, no demasiado grande y bastante raído por años,
siglos, de manoseo. Una vez al año aparece y aunque se
conozca de memoria su forma, tamaño y contenido, es tal
vez el objeto más fotografiado por la prensa del Reino
Unido de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte y hasta del
Commonwealth. Lo lleva en la mano, y lo muestra con
una sonrisa enigmática, un funcionario abrumado por el
pomposo nombre de Lord Chancellor of the Exchequer,
lo que se suele traducir al español como ministro de
Finanzas. Como hemos dicho, todo el mundo tiembla con sólo
imaginar el contenido de ese destartalado maletín: Es
el Presupuesto Nacional de Ingresos y Gastos.
Delirium tremens
Pero hay un grupo en el cual esos temblores adquieren visos
de delirium tremens, cosa nada extraña en el país
que inventó el scotch, el escocés brebaje.
Ese grupo lo forman los parlamentarios de la mayoría.
En efecto, en ese grupo, el segundo de a bordo, de quien depende
hasta el Primer Ministro, es llamado allí whip,
palabra que sólo quiere decir látigo: es
el secretario de Finanzas del grupo, quien paga a los parlamentarios
y que, en sus orígenes, con un casi real látigo
en la mano, dejaba de pagar a quienes no siguiesen la línea
del partido. Maletín y corrupción eran de esa manera
sinónimos en la Pérfida Albión. Aclararemos
que eso ya no se usa, pero perro que come manteca...
Pero sigamos con la pavosa historia de los maletines. En
1950, uno de los más altos oficiales de EEUU y sobre
todo de la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN) un diplomático y almirante (de apellido
Fletcheler o algo así) dejó olvidado un maletín
en un tren. El cual fue a dar a la redacción del muy
serio y reputado Le Monde.
Con todas sus letras
Lo malo del asunto es que ese maletín contenía
un informe que decía, con todas sus letras, lo que la
diplomacia norteamericana y francesa negaban rotundamente;
que entre los objetivos prioritarios de la OTAN estaba el
rearme alemán. Allí ardió Troya, quemando entre
otras cosas la carrera de Fletcheler, de quien los diccionarios
biográficos no quieren acordarse hoy.
Sigamos con la mala suerte de los maletines. El gobierno
de Kennedy, creyendo que con eso se iba a ganar el amor de
los venezolanos, envió como embajador de su país
al nuestro a un puertorriqueño, Teodoro Moscoso. El cual
nos conocía tan bien que se presentó "sin aviso
y sin protesto" en la Universidad Central. Allí, rodeado
por una muchedumbre de estudiantes izquierdistas, se largó
a correr a una velocidad olímpica. Rompió todos
los records, pero perdió su maletín, donde
un documento confidencial decía lo que todo el mundo
sabía pero que la diplomacia negaba: que la Alliance
for Progress tenía intenciones menos filantrópicas
que políticas.
Lo leyó el Che Guevara
Y que su principal objetivo era contrarrestar la influencia
de la Revolución Cubana. El Che Guevara leyó
el documento en una reunión panamericana en el balneario
de Punta del Este, Uruguay. Así terminó la carrera
diplomática de Teodoro Moscoso.
Cambiemos el consonante, pasando, en primer lugar, del maletín
a su hermana mayor, la maleta. En la historia venezolana aparece
también una, que le costó unos añitos de cárcel
al general Marcos Pérez Jiménez. Al huir despavorido
en la "Vaca Sagrada", dejó olvidada una maleta con algo
así como un millón de bolívares, que sirvió
para pedir su extradición, juicio y encarcelamiento.
Segundo cambio de consonante, las nuevas tecnologías
han hecho tan obsoletos los maletines que hasta los cultores
de las más primitivas formas de combate, el narcotráfico
y el secuestro, prefieren otros objetos: las laptops.
Todos conocemos el destino de la que guardaba los secretos
de las Fuerzas Armadas de Rodríguez Chacín (FARC).
Detengamos aquí nuestro recuento para ir a votar. Pero
una cosa debe quedarle clara a todos: si queremos que nuestro
país pueda vencer esa pava ciriaca que parece perseguirlo,
de nada le valdrá el cariaquito morado si no logra quitarse
de encima todo lo que le recuerde a un maletín.
hemeze@cantv.net
1.9. Economía. Las estadísticas del Banco Central de Venezuela indican que en diciembre la inflación nacional registra un salto de 2,6% con lo que el acumulado de 2008 asciende a 30,9%, una magnitud que supera con creces la meta inicial que se planteó el Gobierno, de cerrar este año con un resultado de tan solo 11%.
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